Volverán a existir todas las horas del día, y todos los días de la semana. Los años tendrán trece menos un meses. Y reíremos, por separado, obvio. Tendré el pasaporte siempre a mano, para viajarte. Y si algún día no puedo viajar más, desapareceré. Lo dejaré todo, como tantas cosas me han dejado a mí. Y he roto casi todo lo que tenía que romper, porque sigo siendo lento, puedo apagarme. Y brillar con las estrellas que duermen de más, y no echan de menos. Y hacer cosas ilícitas. Ahora que sé demasiado y está todo bien porque me descubres a traición. Me gusta el chocolate blanco-y-negro, como nuestros ex-rincones.
Supe que habría un momento en el que tendría que olvidarte, y no sabría CUANTO. Y en el que debería dejarnos aparte, y no sabría COMO. Todo lo que no supe entonces, lo tengo ahora en la mano.
No te olvides de odiarme, porque debes hacerlo para liberarte. Ni de olvidarme una vez a la semana, o dos. Esto que te digo, no es prescripción médica, pero cumplelo. No es una certeza, pero seguramente, nos volveríamos a hacer daño, en cualquier lugar. Y entonces, tú serías culpable también, y no quiero eso. Porque yo soy profesional en comerme la pena, y el olvido, y tú un amateur que viste jeans de quince primaveras. A veces la primavera no es una gran estación, ni un buen apellido, por eso buscamos el calor del invierno. Para dibujar en blanco y negro, lo que en verdad no tiene estilo. Por eso vestimos inviernos lejanos y ajenos. Para salvarnos. Para salvarte.
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