Conozco bien la silueta de tu cuerpo y el enigma que desprenden tus recuerdos. Todos tenemos un pasado del que huir corriendo y otro al que regresamos de puntillas a recoger nuestro presente.
Y no tengo miedo ni del uno ni del otro. Ya corrí: ya devasté todo mi tiempo. Ahora vivo aquí, feliz, contigo.
Veo tus ojos que me miran y atraviesan, y que me hacen sentir tan insegura como a salvo, tan rota como tuya, tan nada. Y los deseo, y quiero estar frente a ti, y que me atraviese tu cristalino, tu córnea, tu instinto.
Y toco tus manos y sé que el tacto que desprenden, algo seco, tiene mucho que ver con el invierno. Y que ese frío que te hiela solo existe cuando duermes. Que si estás despierto o triste, o desnudo, o que si me echas de menos, desaparece. Porque todo lo que amo, empieza y termina en la yema de tus dedos.
Y tus labios, esa boca, esa muerte y ese fuego. Ese mordisco incesante que me arranca el sentimiento más brutal desde que tengo, o imagino tener, uso de razón.
Lo sabías, lo sabías, y ahora yo también lo sé:
que la vida es, en gran parte, que tu estés aquí en la mía.
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