2 de abril de 2013


Me dices que a veces no parezco yo. Que a veces parezco sólo el recuerdo de algo especial. Que a veces ni siquiera parezco y puede que tengas razón.
A veces también sé que parezco más de lo que soy, pero no puedo dejar de preguntarme que sería de mi o de ti sin lamernos las heridas, sin pisarnos las pisadas y sin recoger dentro de palabras el contenido entero de nosotros. Que yo no quiero contarle mi vida a nadie que no seas tú, porque cuando uno quiere salvarse no pide auxilio, ni pide ayuda, simplemente busca la manera de sentirse protegido. Y es fácil y difícil a la vez pero yo te busco a ti.
Puede que para mi esa salvación sean tus ojos, pero puede también que eso sea por mi estúpida tendencia a sentirme insegura e indefensa, a encoger delante de gigantes y a tropezar antes de emprender la huida. Puede que mi propia libertad sea mi mayor debilidad, o que en verdad sea más valiente de lo que creo, pero eso no lo tengo tan claro. Lo único que tengo claro es que si no estás me cuesta andar, tocar el cielo, correr, beber despacio, manejar por el lado correcto de la calle, cocinar tarta, comer chocolate, respirar, pensar en canciones, describirte, mojar las galletitas en la leche, pensar en la vida y la muerte y en los días que transcurren entre ambas,  enjabonarme la espalda en la ducha, levantarme de la cama, averiguar qué tomar, donde bajarme y para donde salir corriendo, sonreír, abrir las ventanas, y cerrar las puertas del placard.

No hay comentarios:

Publicar un comentario