28 de febrero de 2013

Me levanto bien temprano. Te pienso. Miro el celular y calculo la hora en tu ciudad. En nuestra ciudad. Pienso en si ya te habrás levantado. Reviso el buzón de entrada. Nada. Te escribo que me voy y bajo al lobby. Miro nuevamente el celular. Me siento a desayunar y miro otra vez el celular, dejándolo en la mesa por si se enciende alguna luz y yo no estoy pendiente. Hablamos un ratito, entrecortado, frases cortas y muy poco amor. Bajo a la playa, meto el celular en el bolso. Me acuesto en la cama y agarro el celular, no hay mensajes. Entro a redes sociales, no hay mensajes. Te pienso. Voy hasta la orilla, me siento, y te pienso. Escucho música y te pienso. Pasa la tarde, vuelvo a la habitación... no hay mensajes. Te mando yo, me conecto y hablamos. Charlamos de todo lo que pasó en el día. Y  después peleamos. Me enojo yo, o te enojas vos. Y ahí te pienso el triple. Y me lleno de bronca porque en ese momento, miro tres veces por minuto el celular. Y nada. Y aflojo. Se me pasa porque pienso en vos y a pesar del enojo o la tristeza, sonrío. Y te mando un msj de trescientos renglones. Y me voy a acostar. Te pienso. Me duermo. Te sueño. Hasta mañana!

- es que quiero que me hagas saber que el dolor que sentimos los dos es igual de fuerte porque no tenemos abrigo por media quincena -

(y me siento idiota por tener que pedirlo, pero prefiero escribir o decir lo que me pasa)

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